wallet.dat de Bitcoin Core
Base Berkeley DB con una reserva de claves, normalmente aún cargable.
Las wallets creadas entre 2011 y 2017 son anteriores a las convenciones actuales: muchas sin frase semilla y con formatos poco habituales. La antigüedad no es el obstáculo; la desaparición de los soportes sí.
Las primeras wallets guardaban una reserva de claves privadas individuales en un archivo, sin semilla determinista detrás. No había nada que copiar en una tarjeta: la copia de seguridad consistía en duplicar un archivo, y los archivos sobreviven mal a una década de cambios de equipo y discos externos.
Por eso estos casos son antes arqueología que criptografía. Lo primero es averiguar si queda material criptográfico en algún sitio: un portátil viejo, un disco de copias, un CD grabado, un correo enviado a uno mismo o una copia del sistema.
Cuando aparece algo, el terreno vuelve a ser conocido: un archivo cifrado cuya contraseña hay que reconstruir a partir de los hábitos de entonces.
Base Berkeley DB con una reserva de claves, normalmente aún cargable.
Formatos de semilla y de archivo distintos según la versión.
Exportaciones del wallet web, identificadores y copias cifradas.
Software descontinuado cuyos archivos suelen seguir siendo analizables.
Claves WIF o códigos QR impresos, a veces desvaídos o dañados.
Documentación de un familiar, que exige además acreditar el derecho.
No. Las salidas no gastadas siguen siendo válidas indefinidamente; solo se degrada su acceso.
Normalmente sí, si el archivo está intacto. Los muy antiguos o dañados requieren herramientas especializadas.
No arranque desde él ni ejecute herramientas de reparación: cree una imagen completa y trabaje sobre la copia.
Solo bajo las mismas condiciones técnicas que cualquier otro caso, y tras acreditar el derecho a disponer de ella.
Describa la wallet, qué ocurrió y qué información conserva. Recibirá una valoración honesta de la viabilidad técnica, sin enviar ninguna credencial secreta.
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